La continuidad de Ahmedineyad depende de los líderes religiosos
El sermón del ``guía espiritual'' de Irán, Alí Jamenei, en el que se apresuró a refrendar el golpe de Estado de Ahmadineyad y los suyos, al ratificar los resultados de las fraudulentas elecciones presidenciales de su país, sirvió también para ``señalar'' a los verdaderos culpables de la ``revolución verde'' contra el régimen al que millones de iraníes acusan de haber robado flagrantemente su voto. Estos son, cuando no, la ``radio sionista'', Estados Unidos y la ``traicionera Gran Bretaña''. Le siguió pocos días después Ahmadineyad, aunque con una variación: no se trataba solamente de la ``radio sionista'', sino de los medios de comunicación controlados por los sionistas.
Acusar a supuestos enemigos exteriores de conspirar contra el régimen es un recurso al que recurren, con frecuencia y sin ruborizarse, los regímenes totalitarios.
El más espectacular desafío al régimen teocrático iraní desde su fundación en 1979 ha agonizado y no recuperará en un futuro previsible la fuerza vital que sacó a centenares de miles, sino millones, de esperanzados jóvenes a reclamar sus votos, aquellos con los que aspiraban a modificar drásticamente un presente sombrío. La ``acción'' a cargo de los ``guardianes de la revolución'', el cuerpo de seguridad utilizado por el estamento clerical-militar que controla con mano férrea el país, se ocupó de devolverlos a sus hogares, al sacar a la calle sus efectivos.
Fue suficiente con amenazar ``que se emplearían a fondo'' si continuaban las protestas. Los jóvenes iraníes no ignoran la disposición del régimen a usar de la fuerza bruta para reprimir cualquier desafío. Centenares, sino miles, de jóvenes ya no regresarán a sus hogares, víctimas de la brutal represión de las fuerzas de seguridad. El símbolo de la ``revolución verde'', la joven Neda, asesinada por un francotirador, quedará para recordarles este frustrado intento de cambiar las cosas, una inconcebible, según el régimen teocrático-militar que rige los destinos de Irán, pretensión que les valió el título de ``enemigos de la Revolución Islámica''.
Ahmadineyad seguirá siendo presidente porque así lo decidió Jamenei y porque por el momento está bien arropado por la nueva clase militar integrada al estamento clerical. Su actual régimen teocrático, que se mantiene principalmente gracias al respaldo del líder supremo, no tiene la intención de satisfacer las demandas populares en un futuro predecible. Aunque el líder supremo ha decido mantener a cualquier precio la ``estabilidad'' de su régimen, aquellos que salieron a las calles exigiendo respetar sus votos y democracia y libertad, superaron en un determinado momento, hasta la sangrienta represión y la detención de centenares, sino miles de activistas, pese a las amenazas, la valla del temor. La tormenta quedó atrás, pero el régimen ha salido tocado.
En realidad, los que salieron a las calles no han sido sino peones en el tablero del complejo ajedrez político de Irán en el que somos testigos de la soterrada lucha por el poder entre los clérigos, militares y políticos. Es un secreto a voces que el pulso político entre Ahmadineyad y los candidatos reformistas a las presidencias en las ``elecciones'' ha sido, en realidad, solamente un hito más en la lucha por el control del poder. No se trata de otra cosa que el choque entre los fundamentalistas inmovilistas que tienen en sus manos las riendas del poder y los ``reformistas'' que, hartos de la fallida política social y económica y del aislamiento internacional al que ha sido condenado el país, intentan hacerse con la dirección de la ``Revolución Islámica''. Las grietas en la cúpula iraní no son, por lo tanto, nuevas. Lo nuevo es que sus diferencias salpicaron esta vez de sangre las calles iraníes.
El régimen sufrió un serio percance
Sea cuál fuese el desenlace final de los dramáticos eventos en Irán, todo parece indicar que el régimen de los ayatolas ha sufrido un serio percance. Probablemente se haya deteriorado su confianza propia, lo que obligaría al régimen a dedicar mayor atención a los problemas internos, muy especialmente a su deteriorada economía, a cuenta de la prioridad que ha concedido a su política exterior. Esta es la conclusión a la que han llegado expertos en Irán de esta parte del mundo.
Las relaciones entre el mundo árabe e Irán vienen marcadas, desde siglos, por profundas suspicacias y por una notable rivalidad política y religiosa, por lo que en los países árabes se sigue de cerca los acontecimientos en Irán. Mientras que en Israel prácticamente no hay quién no esté interesado que Ahmadineyad, que un día sí y otro también amenaza con su eliminación, los países árabes sunitas desean un liderazgo iraní menos ambicioso que ponga fin a la incitación de la calle árabe contra sus gobiernos, incitación que ha hecho que las relaciones entre estos gobiernos y el régimen de los ayatolas sean tensas y problemáticas. Algunos Gobiernos árabes, como los de Egipto, Arabia Saudí y Jordania, han advertido acerca de los de- signios hegemónicos del régimen de los ayatolas en la región. Los ejemplos obran y las fricciones con Teherán son permanentes. Los países árabes sunitas no ocultan su preocupación y un cambio de actitud por parte de Irán podría tener un impacto importante en Oriente Medio.
``La brutal represión a la que recurrió el régimen para ahogar la `revolución verde' y la división en la cúpula clerical-militar-política que rige los destinos del país son malas noticias para los islamistas por cuanto debilitan la posición de quienes presentan a Irán como modelo para los futuros regímenes `anti sionistas y anti imperialistas' árabes'', escribe Ghassan Khatib, vice presidente de la Universidad Bir Zeit y ex ministro de Agricultura de la Autoridad Nacional Palestina. Es evidente que la deteriorada imagen de su régimen tendrá algún impacto en el acontecer en el mundo árabe y podría, incluso, influir en el balance de poder en la región. La ``rebelión verde'' iraní y la derrota de Hezbollah en las elecciones libanesas han constituido un importante golpe para los radicales de la región. Quién rija los destinos de Irán -escribe el periodista palestino Daoud Kuttab- no tiene otra alternativa que mostrar de ahora en adelante algún recato y una retórica menos radical.
Pese a todo, en el mundo árabe no ha habido reacción oficial. Tanto los pro iraníes, como Siria, Hamás, Hezbollah y Qatar, por una parte, como sus estridentes críticos, han reaccionado con un exceso de cautela. Lo mismo ha sucedido con la calle árabe, que esta vez pareció más bien desentenderse. Según uno de los más renombrados expertos en esta parte del mundo, el profesor Bernard Lewis, ello es debido a que los Gobiernos árabes temen apostar por el caballo errado.
Los sectores pro iraníes en el mundo árabe están sumamente preocupados mientras los Gobiernos árabes moderados, hartos de la intervención de Irán en sus asuntos internos, en su fuero interno tienen la esperanza de cambios en el régimen de los ayatolas, por lo menos en lo referente a su política exterior Los Gobiernos pro occidentales en El Cairo, Beirut y Ryad están esperanzados en que el cambio en el régimen iraní influya negativamente sobre los grupos islamistas radicales como Hamás, la Yihad Islámica y Hezbollah que con Siria, el aliado estratégico de Irán, constituyen la principal fuente de inestabilidad en Oriente Medio. Es natural que Hamás, la Yihad Islámica y otros grupos pro iraníes estén preocupados: por cuanto su existencia depende exclusivamente del régimen de Teherán.
Los temores de Israel ante un Irán nuclearizado son bien conocidos. El Gobierno israelí acusa a Irán de proporcionar asistencia financiera y militar masiva a los terroristas de Hamás y a Hezbollah, así como adiestramiento militar a sus efectivos. Decenas de miles de cohetes, misiles y armamento de todo tipo abarrotan sus arsenales. Otra causa de preocupación en Israel es el hecho que las incitaciones de Ahmadineyad, que tienen gran resonancia en la calle palestina, le han dado precisamente popularidad en la calle palestina.
Uno de los pocos que expresaron públicamente su opinión sobre los acontecimientos en Irán ha sido Azmi Bishara, ex diputado árabe a la Knéset, que huyó de Israel cuando las autoridades se aprestaban a interrogarle por ``espionaje en favor de Irán''. Según Bishara, lo sucedido en Irán no expresa otra cosa que ``la visión de la clase media iraní y no la de la mayoría de los iraníes''.
``Los Gobiernos de los países vecinos de Irán no han dado la bienvenida a la reelección de Ahmadineyad'', escribe el analista Amir Taheri, autor del libro ``The Persian Night: Iran Under the Khomeinist Revolution''. Según Taheri, ``Ahmadineyad apoya abiertamente a grupos pro iraníes en países árabes, principalmente en Arabia Saudí, el Líbano, territorios palestinos, Kuwait y Bahrein y no oculta sus ambiciones de expandir la influencia de Irán en Afganistán e Irak, cuando las fuerzas militares de Estados Unidos se retiren''. ``Además -prosigue- ha dejado bien claro que tiene la intención de continuar asistiendo a Hezbollah reforzando su posición de Estado dentro de un Estado y de vanguardia en la ``resis-tencia'' contra Israel.
Irán siempre ha sorprendido a los más expertos analistas e investigadores, por lo que predecir en estos momentos el cariz que tomará la política regional e internacional de su régimen es realmente aventurado.

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